¿QUÉ VOTAMOS?

La valoración de los dirigentes que empiezan a perfilarse como candidatos para 2015 cada vez radica menos en la evaluación de sus gestiones o propuestas y cada vez más en gestos televisivos en programas de espectáculos o interés general.
Esta política lavada,vaciada de contenidos, surge de un doble juego entre candidatos cultores de “la buena onda”quienes se presentan como lo nuevo dejando atrás su pasado (en ocasiones muy reciente) y la complacencia de un grueso de ciudadanos con escasa memoria, desinteresados en escuchar contenidos o de repasar las declaraciones o hechos políticos de nadie.
El punto de encuentro de este reciclaje se manifiesta en los índices de audiencias televisivas. Bajan notablemente en programas específicamente políticos y aumentan cuando los programas “sociales” o de “espectáculos” llevan a un político. En estos programas en que se habla de todo pero no se dice nada el político busca caer simpático, contar anécdotas y salir del paso “socializando su imagen”.  Se frivoliza la acción política (¿tal vez porque de ella se espere cada vez menos?) y se pierde la oportunidad de transmitir en un lenguaje simple y llano cuáles son las propuestas y logros obtenidos que den credibilidad a aquéllas como modo de sustentar una futura candidatura que podría resolver las necesidades y aspiraciones de los propios televidentes. A un político se lo conoce y recuerda más por sus noviazgos mediáticos o por haber dirigido algún club de fútbol que por sus gestiones en beneficio de los ciudadanos.
Esta democracia de baja intensidad se corresponde con la conducta del electorado. Los ciclos políticos en su recorrido pendular de pretendidas derechas a izquierdas no terminan de resolver los problemas estructuralesdel país. Los 10 años del menemismo y los más de 10 años del kirchnerismo repiten, con distintas banderas ideológicas testimoniadas más en los discursos que en la práctica, un proceso de crecimiento que luego decae y termina en ambos casos en una situación de fragilidad social similar. El índice Gini que mide la brecha entre los que más y menos tienen apenas se ha modificado tomando en cuenta el enorme caudal de recursos ingresados en esta última década en relación a la precedente, un péndulo que va de derecha a izquierda pero frena siempre en el mismo punto: con casi un 30% de los argentinos por debajo de la línea de pobreza.
El término transversalidad supone acuerdos políticos desde las diferencias en pos de generar una plataforma común, hoy son acuerdos de marquesina de nombres. Síntoma cruel de la descomposición del sistema de partidos.
Los estudios de intención de voto demuestran la volatilidad del electorado en línea a la similitud de imagen que ofrecen quienes se perfilan para altos cargos ejecutivos. Moderación, actitud positiva y no confrontativa, gestiones pasadas (de las cuales la gente recuerda apenas algún título antes que hechos concretos) y cercanía a figuras del espectáculo en ciertos casos, son elementos comunes que desembocan en que los posibles votantes de Massa, Macri, Scioli, Cobos o Binner opten antes por el estilo personal que por su ideología o propuestas políticas las cuales a lo sumo se diferencian por la mayor o menor distancia respecto a un gobierno nacional el cual sí lejos de toda asepsia de imagen cuenta con la virtud de la claridad en su estilo y el disvalor de la fractura que genera con el mismo.
La calificación de socialista, conservador, peronista o radical es mencionada y preocupa sólo a los políticos pero está cada vez más erradicada del léxico y pensamiento de los ciudadanos quienes aprecian o desestiman a sus posibles representantes por ciertos vectores básicos: en sectores medios prevalece el estilo personal, algún elemento de propuesta que llegue en la comunicación a alentar la expectativa de que resolverá un tema de su preocupación y cierto tinte no muy profundo que de cuenta si es de derecha o izquierda. Los sectores populares progresivamente desinteresados del contexto, privilegian quienes le aporten algún beneficio actual o promesa de resolución de temas que los agobien como la inseguridad, salarios o jubilaciones pero con escasa expectativa de que la política los tenga en su agenda. En tanto, la inmensa mayoría resulta indecisa en cuanto a sus preferencias y aún más indiferente a debates políticos que podrían llegar a darles mayores elementos de juicio.
Luego de más de tres décadas de democracia ininterrumpida, este divorcio creciente entre representantes y representados debiera ser un llamado de atención para no seguir devaluando nuestro sistema de convivencia.
 
Arturo Flier
Sociólogo-Psicólogo Social