LA DESPROTECCION DE LOS ARGENTINOS

La desprotección de los argentinos

PARA LA NACION

VIERNES 31 DE MARZO DE 2017

Ciertos estudios médicos afirman que la pasión en el amor es provocada por una química cerebral similar a la que se da en hinchas de fútbol o amantes de la música, hoy fenómenos de masas que responden a una necesidad básica de los seres gregarios: la pertenencia a un grupo.

Necesitamos creer, formar parte de algo más grande, dar sentido a la vida aunque más no sea en ese momento, ser interpelados. Sin embargo, en los campos de fútbol, manifestaciones políticas, piquetes o grandes eventos suele suceder que la persona pierde su individualidad y pasa a ser parte de un cuerpo mayor que se entrega a excesos. Se trata entonces de prevenir y controlar estos episodios.

Es en la calle, con los piquetes o en convocatorias masivas, donde más se manifiesta la anomia por debilidad institucional, puesto que la aplicación de la ley es vista como represión y los organismos encargados de velar por ella no lo hacen, ya sea para evitar costos políticos, por desidia o por corrupción.

Se dirá que la falta de previsión es un aspecto cultural muy argentino, que en nuestro país la organización de grandes eventos suele presentar falencias. Sin embargo, esas carencias no parecen tales cuando se advierte la connivencia de autoridades políticas o policiales, así como de empresarios y dirigentes, con la corrupción. Sucedió en Cromagnon, en Time Warp, en Olavarría y en innumerables estadios de fútbol.

La sensación de anomia y desprotección se sintetiza en una frase del Indio Solari: “Quedamos en que nos íbamos a cuidar entre nosotros”. Una frase similar dijo Chabán en Cromagnon.

Los argentinos apreciamos la violación de la norma. Valoramos la conducta cívica en otros países, y desconocemos que la aplicación efectiva de las sanciones fue modelando su conducta. “Mi público no entiende el sold out“, expresó Solari, alentando el misticismo antisistema y la violación de las reglas. Entra en juego también la subcultura del aguante, que constituye una comunidad de pertenencia y en ocasiones destaca las acciones violentas como signo de lealtad para “defender los colores” o ser parte del “pogo más grande del mundo”. El fútbol y la música están abandonando el sentimiento de modo creciente en manos del negocio. Al ciudadano sólo le queda la pasión, que, sin embargo, es cada vez más peligrosa.

Inglaterra acabó con la violencia derivada de los negocios marginales en los estadios concentrándolos en pocas manos, con entradas inaccesibles para los sectores populares. Como contraparte, en eventos deportivos o musicales donde impera “el chiquitaje” (reventa de entradas, bebidas, cuando no drogas, en manos de barras, “trapitos”, etc.), quien concurre no encuentra la debida contención y la pasión se debilita, perdiéndose pertenencia e identificación. Por ausencia del Estado, al hincha o amante de la música en vivo le queda la falsa opción del acceso para pocos vs. las mafias y el descontrol.

No sólo se pierde la pasión. También se esfuman los pocos espacios de encuentro entre ciudadanos de distinta condición socioeconómica. La canción antisistema la está componiendo el propio sistema de representación, que se devalúa con su sucesión de escándalos y falta de respuestas a la exclusión. Aquí y en el mundo.

Una palabra clave debería recuperar su sentido: instituciones. Hacen falta instituciones que brinden marco de acción, transparencia, control y sanción para que la pasión pueda sobrevivir.

Sociólogo y psicólogo social

nota arturo la nacion 310317